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domingo, 14 de octubre de 2012

Workers Fight for Justice, From Wal-Mart to Chipotle. La lucha, desde Florida a California, por mejorar las duras condiciones laborales y los sueldos insuficientes de los trabajadores y trabajadoras de estas empresas. Por Amy Goodman, de Democracy Now!

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Amy Goodman
The great recession of 2008, this global economic meltdown, has wiped out the life savings of so many people and created a looming threat of chronic unemployment for millions. This is happening while corporate coffers are brimming with historically high levels of cash on hand, in both the “too big to fail” banks and in nonfinancial corporations. Despite unemployment levels that remain high, and the anxiety caused by people living paycheck to paycheck, many workers in the United States are taking matters into their own hands, demanding better working conditions and better pay. These are the workers who are left unmentioned in the presidential debates, who remain uninvited into the corporate news networks’ gilded studios. These are the workers at Wal-Mart, the largest private employer in the United States. These are the tomato pickers from Florida. With scant resources, armed with their courage and the knowledge that they deserve better, they are organizing and getting results.

This week, Wal-Mart workers launched the first strike against the giant retailer in its 50-year history, with protests and picket lines at 28 stores across 12 states. Many of these nonunion workers are facing retaliation from their employer, despite the protections that exist on paper through the National Labor Relations Board. The strikers are operating under the banner of OUR Walmart: Organization United for Respect at Wal-Mart, started with support from the United Food and Commercial Workers Union. OUR Walmart members protested outside Wal-Mart’s “Meeting for the Investment Community 2012” in Bentonville, Ark. Demanding a stop to the company’s retaliations, the group promised a vigorous national presence at Wal-Mart stores on Black Friday, the day after Thanksgiving and the largest retail shopping day of the year. The workers have an impressive array of allies ready to join them, including the National Organization for Women.

Wal-Mart has historically shrouded its business practices by engaging subcontractors to perform tasks like warehousing and delivery. In Elwood, Ill., warehouse workers employed by Wal-Mart subcontractor RoadLink went out on strike immediately after a similar strike in California. According to Warehouse Workers for Justice (WWJ), “warehouse workers labor under extreme temperatures, lifting thousands of boxes that can weigh up to 250lbs each. Workplace injuries are common; workers rarely earn a living wage or have any benefits.”

According to WWJ, after 21 days on strike in Elwood, the workers “won their principal demand for an end to illegal retaliation against workers protesting poor conditions. They will return to work ... with full pay for the time they were on strike.”

I spoke with one of the Elwood strikers, Mike Compton, who described just one of the awful conditions they endured at their low-wage job:

“We have a big problem with dust. You know, all our containers that we unload come from China, and they’re just filled with black dust. It’s horrible, breathing the stuff in all day, you know, and we’d have to ask seven, eight times to get a dust mask. We’d just be pointed in different directions, to a different manager, to a different department. And half the time we’d walk away empty-handed at the end of it anyway. We’ve actually had trailers that were labeled ‘defumigated in Mexico.’ We don’t know why. People have had trouble breathing in the trailers. You know, dust—something as simple and as cheap as a dust mask should just be readily available to anyone, in my opinion, especially a company as wealthy as Wal-Mart.”

Compton was in Bentonville, Ark., Wal-Mart’s corporate headquarters, to protest at the Wal-Mart investor meeting Meanwhile, immigrant farmworkers have for generations labored under brutal conditions, picking tomatoes in the rural town of Immokalee, Fla. In 1993, they formed the Coalition of Immokalee Workers (CIW) to organize in solidarity with consumers to demand that major restaurant chains source their tomatoes from farms that pay a fair wage to their workers.

I spoke with farmworker and CIW organizer Gerardo Reyes-Chavez. He was in Denver, where the fast-food outlet Chipotle is based. CIW has been working on Chipotle for 10 years. He told me: “We have been able to create a Fair Food Program, addressing abuses in the tomato industry. We created a whole new system ... to identify where abuses are going on and uproot them from the system. This is an opportunity for Chipotle to do the right thing. They claim that they sell food with integrity, and they are really focused on the sustainability ... what we are saying is, this is an opportunity for them to make it a reality.”

The day after I spoke with Reyes-Chaves, Chipotle signed the Fair Food Agreement. As the presidential candidates trade barbs over jobs in their heavily-controlled debates, workers at the grass roots are organizing for change, from Florida to California.


Denis Moynihan contributed research to this column.

Amy Goodman is the host of “Democracy Now!,” a daily international TV/radio news hour airing on more than 1,000 stations in North America. She is the author of “Breaking the Sound Barrier,” recently released in paperback and now a New York Times best-seller.
© 2012 Amy Goodman
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martes, 18 de septiembre de 2012

Hasta siete millones de alemanes tienen un minijob, de los cuales 4,5 millones solamente disponen de ese trabajo, en el que se puede ganar hasta 400 euros nada más. "Estos trabajos son una espiral de la que es difícil salir". Sólo un 7% de los empleados en minijobs consiguen después encontrar un trabajo asegurado, según el instituto alemán para el mercado laboral y el empleo.

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Todavía no son las cuatro de la mañana. El cielo sigue bien oscuro y Jasmin ya está en la puerta de la oficina de empleo del barrio berlinés de Neukölln. Mono azul de faena, mochila en la espalda, botas de seguridad y cara de sueño. Toca el timbre y sale el empleado de la oficina: "Abrimos a las cuatro, y son menos cinco". Cinco minutos más esperando en el frío.

Jasmin quiere encontrar un trabajo con el que ganar unos euros para pasar el fin de semana. El servicio nacional de empleo alemán ofrece
trabajos de unas horas que son pagados en efectivo y en la mano al final del día. "Sobre todo se trata de trabajos en la construcción, en almacenes o en mercados, cargando cajas, en mudanzas y otros empleos por el estilo", nos aclara Stephan Perleß, el encargado de recibir las ofertas y seleccionar a los candidatos en esta "oficina pública de gestión de trabajos de un día", que así se llama.

El perfil de los solicitantes es un alemán desempleado, o con trabajo que quiere mejorar sus ingresos o bien personas desesperadas que no reciben ninguna ayuda estatal, según Perleß. "Algunos vienen a diario con la esperanza de encontrar algo". Las empresas, por su parte, "lo hacen en caso de enfermedad o de aumento puntual de la producción". Sin embargo, a la pregunta de si existen controles sobre el número de empleados fijos y el número de empleados eventuales que cada empresa puede o no contratar, nos asegura que tales controles no existen. A diferencia de las empresas de trabajo temporal, el servicio aquí es gratuito para los empleadores. 

A las cuatro y media ya son siete los que esperan. Unos leen, otros duermen en las sillas, pero aún no hay ninguna oferta. El procedimiento es el siguiente: las empresas llaman por teléfono o escriben un email, incluso pueden dejar un mensaje en el contestador, hacen su pedido y la oficina les envía el trabajador. Sin contratos. "Pero el tiempo que trabajen están asegurados y la empresa paga sus impuestos", asegura Perleß.

Cuando Jasmin consigue un trabajo, gana de 7 a 9 euros la hora. A veces se pasa la madrugada y la mañana en la fría silla de metal y no hay ningún trabajo para él. Por suerte, no está completamente desamparado. El Estado alemán ofrece una ayuda a los parados de larga duración o que no hayan cotizado, que comprende el pago del alquiler y la calefacción, así como un mínimo de subsistencia por persona que ronda los 350 euros. Los parados que reciben esta ayuda tienen derecho aun así a trabajar para redondear sus ingresos. O bien con trabajos de un día como Jasmin, o bien en los famosos minijobs, que son trabajos a tiempo parcial con bonificaciones impositivas especiales para las empresas.

'Minijobs', una espiral de la que es difícil salir

"Muchos se aprovechan de que existe esta ayuda del Estado para ofrecer trabajos por sueldos de miseria", asegura Evelin Räder, experta en mercado laboral del sindicato Ver.di, uno de los mayores de Alemania. Según las cifras oficiales que maneja, hasta 1,35 millones de alemanes que tienen un trabajo de más de 30 horas a la semana se ven obligados a recurrir además a la ayuda del Estado para salir adelante. El pasado verano, sin ir más lejos, estalló un escándalo porque los guardas de seguridad del Parlamento alemán ganaban tan solo tres euros la hora. La voz de nuestra interlocutora se nubla ante la idea de exportar el modelo: "Desde Ver.di solo podemos desaconsejar a España que introduzca este tipo de contratos laborales."


Hasta siete millones de alemanes tienen un
minijob, de los cuales 4,5 millones solamente disponen de ese trabajo, en el que se puede ganar hasta 400 euros nada más. "Estos trabajos son una espiral de la que es difícil salir". Sólo un 7% de los empleados en minijobs consiguen después encontrar un trabajo asegurado, según el instituto alemán para el mercado laboral y el empleo.

-- ¿Y no sería mejor un
minijob que venir aquí a las cuatro de la mañana a ver si encuentras algo?
-- Claro, sería mejor, pero no he encontrado ninguno", contesta Jasmin con tristeza.

No hay estadísticas oficiales sobre el número de trabajadores que, como Jasmin, se dedican a vender su fuerza de trabajo unas horas al día, a un empleador diferente cada vez. "Este tipo de contratos dan lugar a una menor afiliación a sindicatos", asegura Adoración Guamán, profesora de derecho del trabajo de la Universidad de Valencia. De hecho, en el sindicato Ver.di tampoco disponen de cifras al respecto: "Por desgracia, nuestros afiliados pertenecen, por decirlo de algún modo, a los privilegiados dentro de los trabajadores. Empleados con
minijobs o con trabajos de un día prácticamente no se afilian a un sindicato."

Junto a Jasmin espera un señor de 61 años que asegura ser demasiado mayor para encontrar un trabajo a tiempo completo. "Llamo a las ofertas y cuando me preguntan la edad, me dicen directamente que a dónde voy". Por suerte, asegura, tiene muchos amigos. "De vez en cuando me dicen, toma, cinco euros". 
 
Otro de los que esperan pregunta: "Pero bueno, ¿qué interés tiene esta oficina de empleo en España?", a lo que tratamos de explicar que en España el servicio nacional de empleo no dispone de una oficina donde se pueda ir a buscar empleo para un día ya desde la madrugada.

--¿Y qué hace la gente entonces cuando no tiene trabajo?


--Pues se buscarán la vida, como todos -- responde otro de los presentes.


Al despedirnos, un señor que ronda la cincuentena, levanta la vista y nos dice: "Ah, oye, ¡no se te olvide decirles a los españoles que en Alemania las cosas están cada vez peor!"


Carmela Negrete, Berlin
 

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jueves, 6 de septiembre de 2012

LA DIMENSIÓN POLÍTICA DE EUROVEGAS, Por Vicenç Navarro

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Vicenç Navarro
Las Vegas es conocida coloquialmente en EEUU como “la capital del vicio” o, según algunos, “la capital del mal”, expresión utilizada no sólo por los conservadores, sino también en bastantes círculos progresistas. Y una de las causas de esta valoración negativa por parte de los progresistas es el profundo anti-sindicalismo de la industria lúdica basada en tal ciudad, junto con una gran discriminación en contra de los trabajadores latinos, que representan una cuarta parte de toda la fuerza laboral de tal industria lúdica. Las Vegas está hoy en medio de un gran conflicto laboral, resultado del intento de los trabajadores de los casinos y casas de juego de sindicalizarse.

En EEUU, la ley Taft-Hartley Act, aprobada por el Congreso de EEUU en los años post II Guerra Mundial (a pesar del veto del presidente Truman), resultado de una alianza entre el Partido Republicano y los congresistas del Partido Demócrata del Sur de EEUU (la zona más conservadora de aquel país) prohíbe a los sindicatos de EEUU comportarse como sindicatos de clase. Es decir, que cada grupo de trabajadores (dividido en miles de categorías) debe espabilarse por su propia cuenta, sin poder contar con la movilización de otros grupos que tengan en común las mismas condiciones de trabajo y las mismas reivindicaciones. Tal Ley debilita enormemente a los sindicatos, como aparece ahora claramente en Las Vegas, donde, a pesar de la gran simpatía a nivel popular que la movilización laboral para poder establecer tal sindicato ha despertado, es muy poco lo que otros sindicatos pueden hacer en su apoyo.

Es una lucha dura y enormemente desequilibrada, pues frente a los trabajadores que intentan sindicalizarse hay los grandes intereses empresariales de tal industria, financiados, por cierto, por los grandes bancos (como el Deutsche Bank y JP Morgan entre otros), que tienen a su vez gran número de cajas de resonancia mediática movilizadas para desacreditar a los trabajadores. Uno de los ejes de la campaña anti-sindical es acentuar que la sindicalización sería un desastre para los trabajadores y para la industria (los trabajadores de la industria lúdica de Las Vegas están entre los peor pagados en EEUU). El mundo empresarial envía mensajes a los trabajadores, que rezan como sigue: “No pidas la sindicalización. No firmes la petición a favor de la sindicalización. No pongas en peligro tu trabajo, sobre todo ahora cuando, si miras alrededor de ti, verás que no hay otros puestos de trabajo disponibles” (“Don’t sign a union card. Don’t put your job in jeopardy, specially when there is no job outside”. Labor Notes. September 2012).

La movilización empresarial se caracteriza por una gran brutalidad, que se ejerce con la complicidad de las autoridades públicas y la policía estatal (150 personas ya han sido detenidas). El Estado de Nevada, donde está situada Las Vegas, tiene como primer sector de empleo el sector lúdico de tal ciudad, lo cual explica que existan relaciones muy estrechas entre tal industria y las autoridades -llamadas representativas- de aquel Estado (el Estado de Montana es uno de los pocos Estados donde está legalizada la prostitución), y también, por cierto, del Estado central federal. En EEUU, donde el proceso electoral está privatizado y las campañas electorales son financiadas, en su mayoría, por fondos privados procedentes de grandes empresas, la clase política está sumamente influenciada por los intereses de los que la financian. El mayor propietario de Las Vegas, el Sr. Sheldon Adelson (que quiere establecer Eurovegas en España), es uno de los mayores financiadores del Partido Republicano. En el primer viaje que hizo el actual candidato a vicepresidente de Estados Unidos, el Republicano Paul Ryan, máximo exponente del Tea Party, fue a ver al Sr. Adelson, después de ser nombrado para tal candidatura (la cual recibió una donación de respaldo de 100 millones de dólares por parte de Adelson). Mientras, los trabajadores, liderados por los trabajadores de la cocina de los restaurantes y casinos –el sindicato de los empleados de las cocinas, Culinary Union, que tiene 55.000 miembros- continúan presionando para poder tener el derecho de organizarse en defensa de sus intereses.

Una última observación. Mucho se ha escrito sobre los méritos y deméritos de establecer en España (bien en Cataluña, bien en Madrid) un centro lúdico, referido en los medios como Eurovegas, propiedad de la empresa del Sr. Adelson. En un momento de elevado desempleo, es comprensible que tal desarrollo se vea por sectores de la administración pública, tanto autonómica como municipal, con buenos ojos para crear puestos de trabajo.

Ahora bien, en la evaluación de los pros y los contras de este centro debería también tenerse en cuenta su impacto económico, laboral, social y político. La industria de la cual la empresa Adelson es un importante componente, es conocida por sus posturas profundamente conservadoras, siendo uno de los principales financiadores del Tea Party –la ultraderecha estadounidense- y uno de los mayores proponentes de las medidas económicas sumamente reaccionarias propuestas por tal movimiento (favorable a la eliminación de la universalización de los derechos laborales y sociales), incluyendo su oposición a la sindicalización de sus empleados y trabajadores. Tal postura, bien conocida en EEUU, reforzará, sin lugar a dudas, a la ultraderecha en España, pues es característico del comportamiento de tal sector intervenir activamente en el contexto político donde su ubica para optimizar sus beneficios empresariales que considera unidos a la promoción de su ideario político. Su decisión final dependerá, en gran manera, de la afinidad política del Sr. Adelson y Co. con las autoridades gubernamentales del lugar de su ubicación. Sería un error que las fuerzas progresistas apoyaran tal proyecto.
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